Paso a pasito

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Llega un momento en el que vuelve la “normalidad” después del caos. Eso no quiere decir que las cosas sean como antes. Sino que ya conoces cómo se siente el ahora. Ya es tuyo. Vuelves a ser tú, aunque no seas la misma.

Cerca de los 11 meses del bebé chilaquil me reconocí de nuevo en el espejo. Como si fuera llegando de unas largas vacaciones.

Parece broma pero así es, de repente te encuentras en ese reflejo. Ya no ves panza aguada, ya no ves ojeras, ya no ves cansancio. Te ves a ti. No siempre pasa, pero en mi caso me puse contenta. Me saludé, me sonreí y hasta me puse de ladito, para reconocerme completa.

Si, estaba de vuelta.

Eso que me pasó a mi ese día no es algo raro, nos pasa a todas, cada una a su manera. Así como los bebés pasan de repente de ser una extensión de nosotras a ser ellos mismos. Se reconocen en el espejo por primera vez, se escuchan, se observan las manos, los pies.

Es así que mientras ellos empiezan a formarse nosotras nos vamos re-formando. Ya no como madres (proceso del que ya he hablado varias veces aquí en el blog) sino como personas.

Los días entonces van cambiando.

Y que conste que no digo que los meses anteriores estaba yo perdida y sufriendo al verme al espejo. Pero si pasa algo que te hace sentirte ajena. Algo real. Porque no somos las que éramos y el ajuste se tarda. Pero también se disfruta.

Claro que las cosas fueron agarrando un rumbo distinto conforme el bebé chilaquil empezó a ser más independiente.

Sentarse, girarse, gatear, dar pasos. Todo ha tenido sus momentos, caídas, mucho aprendizaje. Reviví el tubito de árnica que tenía guardado y ahora es nuestro mejor amigo.

Sigo escuchando que “es normal y a todas nos pasa” y como bien me dijo su pediatra “va a aprender de cada trancazo que se de en la vida”. Pero mi corazón no está preparado para entender esa información y cada que se cae, se avienta, se tropieza o se pega de cualquier forma yo siento feo.

Lo bueno es que vamos mejorando en los tiempos de reacción (porque el papá chilaquil no se escapa de que se le caiga a él también). Y vamos mejorando también en minimizar la magnitud de cada susto.

Total que así hemos andado, persiguiéndolo, literalmente corriendo tras él porque viene con turbo integrado, disfrutando de su gatear, sin prisa de que camine.

Y aunque ya da pasos, a veces pocos, a veces muchos. Yo estaba muy tranquila disfrutando cuando caí en cuenta de mi negación.

Fuimos la abuela chilaquil y yo a comprarle ropa al bebé chilaquil y yo estaba convencida de comprar cierta talla hasta que entendí que ya no le quedaba.

Cuando dejas de contar meses. Dejas de ir cada mes al pediatra. Intentas que tome en puro vasito (en mi caso es intento, en el de muchos es realidad). Cuando te preguntas qué pastel puede comer en su cumpleaños.

Dejas de ser mamá de un bebé y como que no quieres darte cuenta pero así es. Muy rápido.

Fue entonces que acepté que ya casi camina, que ya va siendo niño, que tiene sus gustos muy definidos y que aunque aún no pueda hablarme con palabras cada vez se comunica más claramente.

Estoy viviendo todo eso que ya sabía, que he leído y que puedo nombrar técnicamente pero que no estaba pensando en enfrentar.

Así como llegó como un huracán, así se va ese momento de que todo gire en torno a él.

Ahora duerme mucho en la noche, el papá chilaquil y yo tenemos tiempo de cenar juntos o de platicar. Podría decir que duermo más pero eso nunca sucede porque quiero hacerlo todo antes.

Ahora me encuentro preguntándome a mi misma sobre nuevos proyectos profesionales, personales, hobbies, clases.

¡Ya hasta fuimos al cine todos juntos!

Y aunque me declare en duelo por ya no tener ropa miniatura (sigue siendo chica), también me declaro contenta y orgullosa de verlo feliz, a diario.

De que disfrute sus clases de natación, de que se entretenga tanto con sus libros, sus pelotas, sus caricaturas. De sus bailes y aplausos.

Es así que vivo un duelo pequeñito, no porque me dé poquita nostalgia, sino que me da más gusto que nostalgia que las cosas vayan avanzando. Y porque me siento bien de todo lo que estamos haciendo y de cómo lo hemos disfrutado cada día.

Siéntanse igual ustedes, sea la edad que sea la de sus hijos, sean las que sean sus circunstancias, su estilo de crianza. Quiéranse y reconózcanse en ese espejo que aunque a veces nos diga cosas duras de escuchar, nos quiere ver sonreír.

¡Gracias por leer!

*ilustración de pinterest

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