El arte de ser felices

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Como muchos ya saben, mi trabajo la mayor parte del tiempo consiste en escuchar a los demás y acompañarlos en sus esfuerzos por estar mejor. O entenderse, quererse, resolver alguna situación específica (estrés, ansiedad, duelo). En conclusión, buscan estar mejor.

Siendo padres buscamos eso mismo, ser felices en nuestro nuevo rol y sobretodo que nuestros hijos sean felices. Y de esa lucha constante derivan tantas teorías, tantos libros y tantos blogs como este. Escuelas para padres, grupos de amigas, sociedades de padres, en fin que mucha gente se compromete en ese esfuerzo pero aún no hay una respuesta general de cómo ser más felices.

Hay que aprender y es un arte.

Tengas o no hijos, la felicidad es algo difícil de alcanzar, porque la simpleza es todo lo opuesto a lo que somos. Porque la sonrisa, tan facilita como parece, implica un trabajo largo y complejo que no todo el mundo consigue.

¿Cómo podemos criar hijos felices? Primero aprendiendo a ser felices nosotros. Y ojalá fuera así de sencillo como levantarse y ponerse la cara feliz.

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Claro que tiene que ver con una elección, con echarle ganas a toda situación y buscarle el lado amable a las cosas. Pero ¿cuánta gente muy feliz conocen? Esa gente que te hace sonreír fácilmente, que de tenerlos cerca te hacen la carga más ligera y hacen que las cosas parezcan simples. Existen, pero no abundan.

No sabemos ser felices, pero siempre podemos aprender.

Más que desarrollar una técnica infalible para que la máscara que usamos sea la adecuada me gusta pensar que no se necesitarían tantas máscaras si estuviéramos conformes con quienes somos.

Ahí, para mi, está la clave: En la libertad.

La mayoría de la gente que no es tan feliz de adulta se siente culpable de muchas cosas (ya sea de haberlas hecho o de no atreverse a hacerlas). No se sienten libres de decidir sin afectar a los otros, sin quedar mal con alguien, sin defraudar las expectativas de los demás.

Y eso nos dice mucho de cómo educar a nuestros hijos.

Si estamos depositando en ellos todas las expectativas que nos quedan pendientes en nuestras vidas seguramente solo les pasaremos más pendientes, dudas y temas por resolver. Y claro que romper la tradición no es sencillo, pero no por ser difícil es imposible, ni malo.

Si somos padres libres, por ende los hijos serán libres y eso no quiere decir que no hay reglas en casa. Una cosa es la libertad y otra la falta de estructura.

Dentro de muchas de las lecturas que llegan a mis ojos respecto a crianza encuentro muy marcada la tendencia hacia potencializar los talentos de nuestros hijos y darles libertad para explorarlos. Creo que, frecuentemente, se confunden ambas cosas.

En mi opinión, y lo recalco porque para nada estoy aquí tratando de dictar una cátedra sobre nada, una cosa es dejarlos explorar y disfrutar sus intereses y otra muy distinta <<ayudarles>> a que alcancen el máximo de su potencial en determinada área.

Así como hablamos de equilibrio en las demás áreas de nuestra vida como alimentación, vida profesional o bien en nuestras vidas fuera de ser papás, creo muy importante el que los hijos puedan hacer lo que les gusta, pero también lo que no les sale tan bien, lo que no disfrutan tanto.

Y es que la frustración es parte de la vida, pero no es por eso que recomiendo ese equilibrio en la crianza y las actividades de los hijos.

Una cosa es que no vayamos de acuerdo con obligarlos o frustrarlos innecesariamente. Otra muy distinta es que, tengan la edad que tengan, dejemos que ellos decidan todo, con tal de que sean felices. Justo la clave para poder decidir casi todo en la vida adulta es haber ido conociendo la libertad desde pequeños (para saber qué hacer con ella) pero también el conocer la otra cara de la moneda.

Saber cumplir con tareas sencillas a veces no tan placenteras, ir conociéndonos y sabiendo para lo que somos buenos y para lo que no, pero sobre todo creo que ese camino que recorremos entre el éxito y la frustración de no poder hacer algo del todo bien es lo que nos permite crecer en muchos sentidos y hacernos conscientes de esa parte imperfecta que nos hace quienes somos, aceptarla y poder, entonces si, potencializar lo demás pero sobretodo disfrutar el proceso.

¿Es entonces posible ser felices? Si ¿viable criar hijos felices? Confío en que si, porque lo he visto, porque obviamente no soy la primera en pensar todo esto y porque está en nuestra naturaleza, porque es como nos sentimos mejor.

La tristeza, el estrés, la ansiedad, etc. son nuestras emociones diciéndonos cosas, es su forma de comunicarnos que tienen una necesidad, pero siempre la necesidad está ahí para que la podamos satisfacer. Si nuestros hijos van aprendiendo a conocerser y traducir sus emociones desde pequeños tendrán una inteligencia emocional que les ayude a ser más felices y volvemos al inicio de este post. Es justo lo que los padres queremos.

Trabajemos entonces en nosotros mismos, guardemos las máscaras para cuando sea indispensable utilizarlas, conozcamos a fondo quiénes somos, qué queremos, qué podemos y qué no podemos hacer. Nunca es tarde para darnos uno o muchos momentos.

Conforme podamos crecer como personas, no solo nuestros hijos sino todos a nuestro al rededor podrán verse beneficiados con nuestra felicidad y tal vez hasta contagiarse.

Gracias por leer.

*ilustraciones de pinterest

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